Cuento 1. EL TANQUE
Por Benjamín Castro Guzmán
Cuando regreso del jale - si es de noche o temprano en la mañana, según me toque el turno - me paro en la puerta de la casa donde vivimos yo, mis tres hermanos, nuestra madre y la abuela - la madre de mi madre - y miro para afuera a los alrededores o hacia el centro de la ciudad, Saltillo. Aunque veo muy poco, sé que allá más lejos de mi colonia está la ciudad, la gente, las tiendas, la catedral y el Palacio Rosado como le llaman, el lugar donde están los gobernadores. Me gusta ese lugar en el centro, pero cuando salgo del jale y miro para allá - no todos los días sino a veces, las más de las veces, como se dice - me viene una sensación como un recuerdo de la vez en que mi abuelo me llevó, junto con el Pilo su ayudante, a su trabajo, que entonces era lo que estaba haciendo adentro de un tanque. El Pilo era a toda madre, yo jugaba con él, el siempre inventaba a que jugar y siempre me hacía reír y entretenerme. Yo creo que por eso me llevaba mi abuelo a sus trabajos cuando yo no iba a la escuela porque había vacaciones. Sabía que con el Pilo me entretenía, que no se me haría larga la jornada desde las 7 de mañana hasta el oscurecer y que pasaría contento el día sin cansarme. En los ratos de descanso, si no estábamos jugando, el Pilo me contaba cosas que leía y en su casa le contaban: que los judíos eran los que dominaban el mundo, que eran ellos los más ricos y los más famosos, que había banqueros, pero también artistas o jugadores judíos y esos eran los que mandaban en todo. ¡Un día me dijo que los judíos habían matado a Dios!, que ellos fueron los que lo crucificaron. Me acuerdo de esa vez, porque en la noche le pregunte a mi abuelo si era cierto que los judíos mataron a Dios, se puso muy serio y me dijo: “A Dios no se le puede matar; ¡Dios es inmortal!” y luego me explicó que una vez leyó a un señor de apellido Espinoza, que no era de acá de México aunque se apellidara así, sino de otro país muy lejano, donde hace mucho frío y hablan otro idioma, y que este señor decía que Dios era todo; que era la gente, la gente buena que trabaja y ayuda a su familia; que era también el sol, los pájaros, las nubes y las flores. Que Dios era todo lo que veíamos y nadie podía matarlo, y era tan bueno que había hecho todo eso para nosotros, para nosotros los humanos, sus hijos. Así me dijo mi abuelo muy emocionado y como con orgullo, como que decirme todo eso lo hacía sentirse bien, mejor que a diario.
Siempre llevábamos lonche al trabajo y mi abuelo me mandaba a la tienda más cerca a comprar refrescos y pan de dulce. Le gustaba mucho a él. Después del lonche siempre se dormía un rato. Se sentaba en cualquier parte donde hubiera sombra y se dormía. Dormía muy a gusto pues hasta roncaba. Pero siempre dormía sentado porque decía: “Así no me ahogo con la comida, no vaya a ser…” y sonreía. Dormía un rato solamente y como que agarraba fuerzas porque luego, cuando despertaba, se paraba y nos andaba gritando “órale, pónganse a trabajar”, “y tú Rica --me decía a mí -- ya estas grandecito” - yo tenía como unos nueve años e iba en tercer año-, “pronto tendrás que jalar para mantener a una mujer y a tus huercos, así que ayúdale al Pilo en lo que te diga, para que aprendas” y se aguantaba la risa para parecer serio y regañón. Así era conmigo mi abuelo. A mí me daba mucha risa que me dijera eso de que yo tendría pronto que trabajar por mí mismo y tener “una mujer”; pero también sentía bonito, como que si fuera muy importante y hasta se me enchinaba el cuero. La vez que fuimos a trabajar adentro del tanque era porque mi abuelo tenía que soldarlo por dentro, para tapar algunas rajaduras y hoyitos por donde entraban chorritos de luz, pero por donde podía salir el líquido con que cargaban al tanque y tenía que arreglarlo para que pudiera volver a servir. Era un tanque viejo y estaba oxidado de muchas partes. Mi abuelo era muy buen soldador, por eso le dieron esa chamba a él y no a otros más jóvenes. Cuando estábamos adentro a mí me daba miedo, a mi abuelo no, él estaba hasta fumando, pero yo tenía que salirme hasta donde se veía la luz del sol, subirme a la escalerilla de salida, sacar la cabeza y agarrar aire; sentía que me ahogaba, que no podía respirar. “No es cierto --me decía mi abuelo--, te sugestionas, es solo sugestión, así se llama eso...” “Aquí hay bastante aire, ¡aunque esté un poco oscuro!”. Pero yo me sentía igual. Así estuve los días en que trabajamos ahí. Nunca se me va a olvidar.
Mi abuelo y el Pilo podían estar adentro del tanque todo el día, el Pilo raspaba con una lija las soldaduras que hacia mi abuelo, ellos traían una lámpara en la frente y podían ver todo muy claro dentro de la oscuridad del tanque aquel, que era más grande que un camión urbano de los que tomábamos para ir de la casa al trabajo y les caben hasta unas 40 gentes. Yo no, yo le tenía mucho miedo a esa oscuridad y lo peor no era eso, como les decía, sino que también sentía que perdía el resuello, que no me alcanzaba el aire ahí adentro, así que me la pasaba arrimado a la escalera de salida y cerca de los trabajadores que hacían trabajo afuera del tanque. Hacían lo mismo que mi abuelo, pero por fuera del tanque y otros lo lijaban y pintaban. Cuando me veían sacar el cabeza desesperado me gritaban “ni te creas chamaco afuera está más caliente y te quema el sol, ¡metete mejor chamaco!” Decían y se reían, creyendo que yo sacaba la cabeza del tanque porque me daba calor. Pero no era por eso, era porque sentía que me ahogaba y que me faltaba la respiración.
Ahora que ya estoy más grande, cuando regreso del jale, ya sea por la mañana, la tarde o en la noche, - según el turno que me toque - al llegar a mi casa me como algo, ya sean huevos con frijoles o tortillas con queso y frijoles, o solo unos panes con queso y salsa, y me siento a esperar que me dé sueño. Si llego temprano en la mañana ya no encuentro a nadie. Mis hermanos salen desde temprano. Mi madre también, pues ayuda en una cocina de un restaurante y mi abuela apoya a una señora más grande que ella, que no puede caminar, y ella le hace todos los quehaceres y le da sus medicinas. Ya no está mi padre, ese se fue hace años, dizque para el otro lado y ya no supimos de él. Mi abuelo tampoco esta. El murió hace unos años y desde entonces yo ya no me siento igual. Solo veo pasar los días. Ya no llega en las tardes de su trabajo trayéndome algo o fingiendo regañarme para hacerme reír: “Muchacho ¿pues que anda haciendo usted?; ¿se siente Juan Camaney o qué?, ¿no hizo lo que le dije o qué?”, me reclamaba riéndose. Murió atropellado pues se cayó al tratar de agarrar el camión, nos avisaron de la policía. En su trabajo ni siquiera se dieron por enterados. Dicen unos amigos que iban con él y lo vieron morir, que murió tranquilo, como resignado y que no pidió ayuda ni auxilio a nadie, aunque estuvo consiente un rato antes de morir. Como que no quiso que lo vieran asustado o con miedo; ni tampoco pedirle a Dios o reclamarle, aunque era creyente. Yo lo encontraba a veces rezando frente a la pared de su cuarto, donde la abuela tenía un crucifico. Era cuando había problemas, cuando no alcanzaba el dinero para la comida o para pagar la renta. Rezaba mucho también cuando iban pasando los meses y no sabíamos nada de mi padre, pues nunca escribió ni mando dinero. Mi abuela, que era la suegra de mi padre, era la que decía a veces: “A ese lo han de ver matado los polleros o los malitos porque no llevaba dinero ni pa pagarles lo que cobran por cruzarte al otro lado”. Mi madre cuando oía eso, solo volteaba la cara y apretaba la boca y con los ojos vidriosos de llanto, pero tratando de no quebrarse, de no dejarse abatir o fregar por la pena, la soledad y el abandono. Después de que sepultaron a mi abuelo, como dos días después, mi abuela fue a la empresa donde trabajaba, a pedirles ayuda o una pensión. Pero no le dieron nada porque mi abuelo no tenía plaza y lo tenían como trabajador eventual, y le pagaban según lo que fuera haciendo. Así trabajo yo ahora también, creo que solo mis hermanos tienen esos derechos, o eso dicen, quien sabe, esta difícil aquí en Saltillo. Mi abuela y mi madre no tienen nada, ni siquiera pueden ir al seguro. Y ya están grandes, aunque gracias a Dios, no están enfermas. Solo están un poco gordas y dicen que eso luego hace daño, que a la gente se le sube el azúcar en la sangre y se empiezan a enfermar de muchas cosas. Aquí en el barrio hay varios vecinos que “tienen azúcar”, así le dicen ellos. A veces pienso que ya toda la gente mayor tiene azúcar, pero no puede ser, no son tantos. A un señor le cortaron las piernas por el azúcar y ahora siempre está afuera del súper pidiendo ayuda en su silla de ruedas. Se ha ido poniendo cada vez más flaco y más chiquito, como si encogiera, porque antes era gordito.
Pero les decía. Cuando regreso de mi jale, me paro en la puerta y miro alrededor. A veces en la mañana, cuando estoy mirando para la ciudad y viendo las casas y las calles, pasa una vecina muy bonita. Siempre trae unas trenzas amarradas arriba de la cabeza y en ocasiones usa un reboso, de esos que se cubre desde la cabeza hasta la cintura. Como que se cubre con él para que nadie la vea, pero se ve su cara y se sienten sus ojos. Se llama Hilda, según supe. Camina muy bonito, como de brinquitos y cuando la veo me entra alegría, como que me dan cosquillas o no sé qué en todo el cuerpo. Como cuando llegaba mi abuelo del trabajo y empezaba a darme carrilla y me daba mucho gusto y risa. Algo así me pasa con ella, aunque diferente. A veces voltea a verme y entonces como que pierdo las fuerzas, como que me aguado o me desvanezco y me da como pena o vergüenza. Pero luego ya no la veo y entonces, las más de las veces como les decía, me vuelvo a sentir así, como que estuviera dentro del tanque aquel. Como que lo que miro alrededor, los cerros, las casas y las calles, todo se queda vacío, como que si se fueran juntando, rodeándome y que no me dejaran respirar. Como que yo ya no quepo y se me acaba el aire. No sé qué hacer. No se para dónde irme ni pa donde correr…
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Por la tarde de ese día los noticieros reportaban que en esa colonia de los alrededores de Saltillo, un muchacho de nombre “Ricardo N”, había sido encontrado ahorcado dentro de su casa, en el baño y que “se quitó la vida” o que había “escapado por la puerta falsa”. Las organizaciones que luchan “Por la Vida y Contra el Suicidio” en la ciudad, reiteraron su llamado a los padres y demás miembros de las familias y a los maestros, a poner atención a los niños y jóvenes que empiezan a tener “conductas raras o no habituales” y les ofrecen los teléfonos de emergencia como “La línea de la Vida”, para que llamen “los jóvenes que tienen pensamientos suicidas”. Que llamen ahí para que un psicólogo especialista los atienda. Son muchos los que lo intentan, pero pocos los que lo logran según dicen las autoridades y de los 50 suicidios que ha habido en el año, hubo más de mil intentos. Los que lo intentaron, pero no pudieron, de seguro no se sienten como Ricardo, como si estuvieran adentro de un tanque, donde no les alcanza el resuello.
Cuento 2. LOS ABONOS
Por Benjamín Castro Guzmán
En mi casa somos yo, mi mujer y dos chamacos, niño y niña y el mayor es el varoncito. Anda en los trece años y ya entro a secundaria, ella todavía no termina la primaria, está en cuarto año. Yo no dejo que mi mujer trabaje porque no podría cuidarlos ni atenderlos. Figúrense, que ella chambeara como yo, desde la mañana hasta el anochecer, los niños andarían por ahí rodando solos. Primero muerto que dejar que pase eso. Yo como puedo les he ido dando lo que necesitan. La casita que tenemos la he ido amueblando y ya tenemos la recamara completa, las camitas de los niños, la estufa, una licuadora y el refrigerador que es chiquito, de esos que hay en los cuartos de los hoteles para poner la cerveza y los vinos, pero nos sirve muy bien porque compramos las cosas a diario. Siempre hay unos pocos de huevos, algo de leche y también chorizo, queso ranchero y si se puede pollo o algo de carne de puerco. Las tortillas se van rápido y las compramos a diario. Todo lo que tiene la casa lo hemos comprado en abonos. Poco a poco. Siempre estamos abonando. De mi quincena una parte siempre se va para esos abonos. Mi mujer es la que sabe, ella lleva las cuentas. Pero cuando no podemos abonar, la deuda de lo que compramos aumenta mucho. Por eso, como de vez en cuando no abonamos, la deuda sigue bien grande. A los de la tienda esa, una muy grande que está en un centro comercial, no les molesta mucho que nos atrasemos a veces, más bien les gusta, les conviene. Por eso no nos niegan otro mueble o aparato si lo queremos comprar. Mis hijos quieren que compre una televisión de esas grandotas, que son “inteligentes” dice el niño, que se llama como yo, Jesús. También me han pedido sus celulares, pero pues se tendrán que esperar.
Yo en el trabajo soy constante y cumplidor. Hay otros compas que a cada rato dejan la chamba. Llegan a la fábrica y trabajan un rato. Son buenas gentes. Se hacen amigos de uno y hasta vacilamos y compartimos la comida o los refrescos en los ratos que nos dan de descanso, pero luego se van. Como que no aguantan. Yo me tengo que aguantar porque tengo que sostener a mi mujer y mis hijos y pagar los abonos. Cuando la lana no me alcanza pido doblar el turno y entro a las siete de la mañana y salgo a las siete de la mañana del otro día. Mi coordinador me dice que estoy loco. Que eso de dobletear me hace daño por estar tanto tiempo sin dormir. “Te va a bajar la eficiencia”, me dice. Quien sabe que sea eso. Pero el dobleteo tengo que hacerlo cuando menos dos veces por semana. Salgo desde la mañana y regreso hasta el día siguiente. Mi mujer me prepara algo de almorzar, pero a veces me quedo dormido comiendo. Duermo muy bien con un sueño muy pesado. Como si estuviera inconsciente. No sueño ni nada o no me acuerdo si soñé ya cuando despierto. No me repongo hasta en la tarde. Y pues a veces dobleteo doble como quien dice, y en la tarde me tengo que volver a ir. Mi mujer se enoja. Dice que ya no la atiendo como antes. Que ya no nos divertimos en la cama como antes. “Tú has de tener otra vieja en la fábrica”, me dice de broma, desde una vez que se me monto y yo me quede dormido. Ella es de rancho, de acá de la sierra de Arteaga y dice que yo soy su potro y que le gusta montarme. A mí también me gusta que me monte, pero esa vez me quede dormido. Ella no lo olvida por eso dice que yo tengo otra mujer. Pero no es así. Es solo que hay que tener más dinero. Todo va aumentando de precio eso ya lo sabemos todos.
Mi tío Librado vive en Nuevo León, por el rumbo de Santiago y tiene un ranchito que fue el pedazo que el conservo del ejido colectivo donde era miembro y que los demás vendieron sus pedazos por necesidad porque ya les andaba de hambre, eso fue hace unos 30 años según me cuenta, cuando hubo un presidente que les dio a los ejidatarios como él, la propiedad de su pedazo de tierra. Él es hermano de mi padre que en paz descanse y me mira como un hijo, me ofrece que le ayude a meter sus animalitos a los restaurantes y el mercado de Saltillo y que no me cobra nada más que el costo del animal. Él tiene su rancho con gallinas, puerquitos y lo mejor, creo yo, es que tiene chivitos que se usan para el cabrito. Si yo me trajera dos viajes a la semana de esos animalitos y fuera colocándolos entre los negocios y haciendo clientela, ganaría el doble de lo que gano ahorita en la fábrica. Pero no tengo dinero para empezar y ni a quien pedirle que me preste. Un vecino que es amigo tiene una camioneta. El me la ofrece a cambio solo de la gasolina y algo “de desquite”, dice él. Pero, para empezar este negocito que me ofrece mi tío tendría que dejar de trabajar, hacer como hacen los otros compas que dejan el jale una, dos o tres semanas y luego vuelven a buscar trabajo y rápido se colocan. Yo no puedo porque no puedo andar sin dinero y dejar de abonar o de llevar la comida a la casa.
Hace poco, vi que llegaba una nueva maquinaria a la fábrica, en la línea de producción, esas máquinas eran como de alta velocidad. La producción de lo que hacen es mucha más y pagan más a sus operarios. Le dije a mi coordinador que me diera chance de entrarle. Que quería ganar un poco más y que lo necesitaba para dejar de dobletear turno. Me dio chance y por las tardes me quedaba una hora o dos a capacitación. A la semana siguiente ya estaba en esa línea de producción. Tenía que “inocular”, así le dicen los jefes, a un pequeño puntito de metal con otro metal fundido y hacerlo con el 100% de precisión y al menos unas cincuenta veces por minuto. Me dijeron que se toleraba hasta un 10% de falla y que se consideraba merma. La primera semana que estuve en eso, yo pedí estar las doce horas, con unos cuantos descansitos. Sentía que estaba ganando mucho más. Pero me dijeron que había tenido hasta un 30% de falla, que era mucho y me lo tenían que descontar. Yo trabajo detrás de una vitrina de aumento, como si fuera una lupa bien grande y veo los puntitos del tamaño de una cajita de cerillos. No sentía que me equivocaba en ninguno, pero parece que sí. Eso me dijo mi coordinador. Yo no lo podía notar. No me agüite y pensé que era cuestión de práctica y que la semana siguiente me iría mucho mejor. En las noches empecé a tener sueños con eso. Me soñaba yo solo, en medio de la fábrica, inoculando esos puntitos con una como rifle y los puntitos moviéndose y no les podía atinar. Pero en la mañana me decía a mi mismo: “Ahora sí, vamos por más lanita”. Les prometí eso a mi mujer y a mis hijos. Sobre todo al hombrecito que ya tiene edad para ir entendiendo las cosas. A él no le gusta como vivo yo, ni los dobles turnos y mi salario seguramente tampoco le gustaría si supiera de cuanto es. ¡Jaja esto lo digo de chiste…!
Volví a la fábrica y la semana fue igual. Nunca pude mejorar. Había fallado hasta un 15 o 20%. Mi sueldo seguía igual. A lo mejor resulto cierto lo que me dijo mi coordinador de que con el dobleteo de turno me iba a bajar “la eficiencia”. Un día, mi coordinador me dijo: “Chuy, lo siento mucho, te tenemos que regresar a la línea 6 dónde estabas. Los patrones no quieren nada de perdidas, lo siento, yo siempre trato de ayudarte, pero no se pudo”. Yo no dije nada, sentí un gran pesar. Como si alguien muy querido se muriera. Como cuando murió papa ya hace muchos años. Esa vez sentí que me quedaba solo, bien solo. Como en medio de un monte, totalmente solo. Ahora sentí lo mismo, pero pude aguantarme y hablar para decirle al coordinador: “Bueno pues, entonces hasta mañana, ahí nos vemos en la línea 6”. Me fui a mi casa. En la noche no podía dormir. Mi mujer y los niños se durmieron y yo me salí al patio más tarde sin apagar la televisión que se quedó encendida dentro de la salita pegada a la cocina. Ahí en el patio pensé que sí podía yo librarme de los abonos y el gasto, y ya no mortificarme, y que no era trabajando pues yo ya había trabajado mucho, con muchas ganas y así no se podía…
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Al día siguiente temprano, los noticieros reportaban que: “Un joven trabajador se quitó la vida ahorcándose en el patio de su casa víctima de una depresión”
Cuento 3. RELATIVIDAD/ROTACIÓN
Por Benjamín Castro Guzmán
“Siempre andas a la carrera”, me dice mi abuela Eduviges cuando recojo los tacos que me prepara, muy de madrugada, para irme al trabajo. Salgo a la calle y está obscuro todavía y las calles de mi colonia se ven blancas, como si la tierra fuera blanca o fuera arena, porque vivo en la subida de una loma y las calles no tienen pavimento de ninguno, ni el de chapopote, ni el de concreto. Me voy corriendo a la esquina para esperar el camión que me lleve a un lugar cerca del centro de Saltillo, donde nos recoge el transporte industrial de la empresa, a mí y a unos 20 compas, para ir a la fábrica que está en una nave en las faldas de los cerros yendo para Monterrey. El chofer del camión que tomo casi siempre es el mismo y ya me conoce, igual los otros que a veces también me tocan. Pero el que más me conoce siempre me hace bromas: “Órale compadre, ¿y ahora por qué tan temprano? ¡No se vaya a desvelar y le haga daño a su salud!” me dice riéndose, porque yo sé que el empieza a trabajar antes que yo, desde las cuatro de la mañana. Ya cuando el camión industrial nos recoge en el centro ya es de día, como las siete de la mañana. Para los patrones, lo que importa es que el camión se llene, aunque no sea de un jalón, si llegamos un poco tarde nos esperan, y cuando ya sale es porque lleva unas treinta gentes que van a trabajar desde esa hora hasta el obscurecer. Para ellos no es cuestión de turnos, sino de que salga la chamba, la producción que tienen calculada. Puede ser a las siete o un poco más tarde o más temprano si llegamos. A ellos no les importa mucho porque nos aplican el horario de todos modos y si llegamos más tarde salimos más tarde, en la tarde-noche, como dice la gente a cuando ya se está metiendo el sol. Si llego al autobús a las siete, entonces voy a salir a las siete de la tarde, más o menos. Por eso yo y muchos otros compas, hemos cambiado mucho de trabajo. Como que no aguanta uno ir mucho tiempo al mismo lugar, en esa forma, porque todas las empresas son iguales. Si uno no usa el camión industrial y llega por su cuenta, la chamba dura todo el día o toda la noche. No puede uno sacarle un rato libre al día ni ganarle tiempo. En este que estoy ahora ya llevo unos seis meses, empecé después de la navidad. Me había quedado sin un quinto, así que agarré lo primero que encontré y fue este que me queda muy lejos de mi casa. Pero los que están más cerca son igual.
No tengo tiempo para salir o para ir a jugar con los compas del barrio. Siempre salgo temprano de la casa y regreso de noche. A lo mejor por eso no soy pandillero y soy de los que no toman ni me meto drogas porque ni siquiera tengo tiempo. Para mí el día se va en ira a trabajar y regresarme. Por eso cambio de trabajo seguido, no pierdo la esperanza de encontrar uno donde si vea la tarde y pueda mirar la televisión o visitar a mis tíos. En la colonia hay dos pandillas, una de los compas que viven hacia arriba de la loma y la otra de los que viven abajo. Los de arriba se llaman los “Elektra”; dicen que es porque en esa tienda compran sus cosas de vestir y se las dan en abonos muy largos, y que todos le deben dinero a esa misma tienda o más bien sus papas, los que tienen papas, que son los que pagan todo. Como quien dice, jalan pa pagarle a esa tienda porque ahí compraron todo lo que tienen en sus casas. Ellos -los compas- tiene sus celulares, sus iPod, sus bocinas y todo eso, porque esa tienda se los fía y están bien enganchados. Es que la tienda está cerca de la colonia, nomás bajando en la calle más grande que va pal centro, por eso el nombre ese. Los de debajo de la colonia se llaman solo “Los Boys”, no sé por qué. Nunca platico con ellos. Cuando ellos empiezan a salir a la calle, a la calle Magnolia que atraviesa la colonia, yo estoy regresando del jale o me estoy yendo para el turno de noche.
Mi abuela Eduviges me dice que eso de cambiar de chamba, no es bueno. “Debes sentar cabeza, tener una sola chamba donde aprendas el oficio para que puedas vivir de eso” –me dice--. Pero yo lo que quiero es tener más tiempo. He buscado una chamba donde pueda tan siquiera llegar a mi casa temprano, como a las seis de la tarde, antes de que cierren todos los comercios del centro. Me bajaría del camión de la empresa para ir a comprar algo o solo pajarear en las tiendas o ir al cine. Pero no puedo. Yo no soy como muchos amigos y mis primos que hasta ven los juegos de beisbol cuando se juntan. Para mí no hay eso, solo ir y venir al trabajo y dormir un rato. Siempre es lo mismo y el día de descanso, que es el domingo casi siempre, nomás quiero dormir, descansar un poco y el día se me va parejo, bien dormido. Por eso dejo los trabajos pronto. Busco otro que me deje sentir que una cosa es la mañana, luego la tarde y luego la noche y no solo las doce horas iguales en el jale, y las otras tres o cuatro en el camión. Pero no lo encuentro. No lo encuentro por más que le busco.
A veces en la noche, cuando ya estoy en la casa, mi abuela Eduviges me dice: “Tengo mucha fe que pronto encontraras una muchacha buena, trabajadora, decente y que te quiera. A tu edad tu abuelo y yo ya nos habíamos arrejuntado. Después nos casaron nuestros padres, pero ya no estábamos solos. Así con tu pareja te dan más ganas de trabajar, de ir comprando un terrenito para hacer una casita, de tener huercos y todo eso. Yo le pido a la Virgencita, la que está en el cerro, que pronto tú hagas lo mismo. ¿No me quiero ir sin dejarte establecido, me oyes?”. Yo le contesto que si, que ya la ando buscando. Pero no es cierto. Yo solo tengo tiempo para jalar y dormir un poco. Así es todos los días. Hay una chava que me gusta en el trabajo en que estoy. Pero ella no es igual a mí. Ella trabaja en las oficinas de arriba y yo acá, en la planta donde están las máquinas y las líneas de producción. A veces cuando la encuentro en los pasillos me saluda y se sonríe. No sé por qué. No sé si yo le doy risa porque soy solo un “operario”, que es como nos dicen los jefes, y ella es ingeniera o licenciada. No sé. Pero es muy bonita y habla muy bonito. Me cae que si no estuviera ella en esta chamba ya me habría ido a buscar otra. Tengo miedo que me dé por quedarme en esta chamba por mucho tiempo solo por verla a ella. ¿Y si ella se va y no vuelvo a verla? Ni siquiera sé por dónde vive. No me atrevo a hablarle, me siento menos, como poca cosa frente a ella. Yo creo que mi abuela Eduviges y mi abuelo Tomas se casaron jóvenes porque se conocieron en el rancho de donde son, eran vecinos y vivían iguales. Aquí en la fábrica los operarios trabajamos abajo. Arriba en las oficinas los que son gringos o japoneses - me han tocado de todos, hasta chinos - y los que son ingenieros o contadores mexicanos, y acá abajo nosotros los operarios. Ellos trabajan menos tiempo y se van en sus carros temprano en la tarde. Solo nosotros, los operarios, esperamos el camión industrial que nos lleva al centro de Satillo, cuando traiga al turno que sigue. Por eso para nosotros no hay turnos, ni mañanas, ni tardes, solo el jale de doce horas y las tres en el transporte. A veces ya muy oscuro, a veces con sol, pero siempre lo mismo.
Un día, muy temprano, desperté y miré pa la calle. Sentía que me veía llegar yo mismo ya en la noche. Que podía verme yo muy clarito, como si estuviera yo en el techo, arriba de la puerta, viendo para abajo, y al mismo tiempo yo mismo fuera llegando a esa puerta ya oscureciendo. Sentí que no podía ser. Que yo no quería verme así llegar una vez, luego otra, y luego otra y así pa siempre; que ya no quería verme así ya más. Me salí al patio, detrás del lavadero me senté un rato y me empecé a sentir triste, cada vez más triste, con la imagen en la cabeza de mi mismo viéndome llegar cansado y fastidiado de la chamba al oscurecer. Como si de pronto me diera cuenta de quién era yo de a deveras. No sentía ganas de seguir siendo ese que vi entrando a la puerta. Ya no lo seré…
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Los diarios y la TV reportaron por la tarde que Julio, un jovencito de 24 años, “se había quitado la vida”.
Cuento 4. BRITNEY LA MILAGROSA
Por Benjamín Castro Guzmán
Britney Estaba decidida. Lo había planeado muy bien y conocía el lugar. Ese hotel muy viejo que está en el centro de Saltillo donde ella venía a veces a las tardeadas o a las fiestas que se hacían en el salón del tercer piso, cuando ella estaba terminando la secundaria. Se podía subir a la azotea donde siempre había parejas besándose. Había una barda que llegaba a la cintura y desde ahí se podía ver la calle de abajo, la Alameda que estaba a la izquierda y del otro lado una esquina del palacio del gobierno donde hay una estatua y todo es de color rosado. Britney decidió esto y siempre pensó que sería sencillo. Lo pensaba y calculaba sobre todo durante las noches cuando se quedaba sola en su cuarto con sus dos niños porque Felipe ya tenía tiempo trabajando en el turno de la noche. Decía que así le pagaban un poco más. Se iba temprano, antes del oscurecer, y regresaba en la mañana. Ya siempre era así. Así que había momentos en que Britney sentía que no tenía marido. Como si fuera viuda o dejada. Así que pensaba en llevar a los niños, subir las escaleras del hotel que dan a la calle y luego subirse al viejo elevador para ir directo a la azotea y hacerlo. No aguantaba ya más vivir en la casa con sus suegros. Ellos no la querían, sobre todo el suegro, Don Alfonso, porque la suegra, Dona Bertha, quería mucho a los niños y la trataba mejor o cuando menos la toleraba. Don Alfonso no, él decía que era una huevona, que debería de trabajar. También decía que eran una resbalosa y que el puro nombre que tenía, el de Britney, era de piruja. No era cierto, sus papás le pusieron así porque cuando nació, hace unos 30 años, había una cantante de moda, que era gringa, y se llamaba así Britney. Y es que además ella era blanca y algo güerita. Su pelo no es negro ni café, y cuando era más joven y de niña, era güero. Su papa la
presumía a los parientes que todos eran personas más o menos morenos y de pelo oscuro. Ella era como la güerita de la familia. Pero para su suegro eso era malo. Si los hombres la miraban él decía que ella era una resbalosa. Una ofrecida. Pero Britney le sabia otras cosas que no podía decir ni a su marido ni a nadie. Don Alfonso la espiaba cuando iba al baño a bañarse o al escusado. Britney tenía mucho miedo de que le hiciera algo y su marido la culpara a ella y la corriera de la casa y le quitara a los niños. Ese miedo la atormentaba mucho. Por eso pensaba en el hotel. Claro que lo que más quería es que su marido ganara un poco más, o poder ayudarle de alguna forma para rentar una casita para ellos dos y los niños. Pero no podía. No quería dejar a los niños con los abuelos porque también trabajaban. Su suegra, doña Bertha, vendía dulces afuera de la escuela. Más o menos desde las once hasta cerca de las dos de la tarde. El suegro, Don Alfonso, era de muy mal carácter. Nunca quería cuidar a los niños o jugar con ellos. Siempre los regañaba a pesar de que son muy chiquitos. El mayorcito tiene seis años y la niña apenas tres.
Por eso se decidió esa mañana y se fue para el hotel del centro de la ciudad. Les dijo a sus suegros que llevaría a los niños al seguro para ver lo de sus vacunas. No pidió para los camiones pues tenía algo de dinero para los gastos de la semana. Cerró bien su cuartito donde dormía con los niños y donde dormía su marido durante el día. Lo dejo dormido, bien dormido, como dormía todos los días porque llegaba muy cansado. Una vez, enfrente de la casa a un camión se le reventó una llanta y el ruido sacudió las ventanas de las casas en el barrio, parecía
una bomba o una explosión, pero Felipe no despertó, ni siquiera se dio cuenta. Britney sabía eso y le cerró la puerta bien cerrada, como queriendo con eso que no se diera cuenta de lo que iba a hacer, para que no se diera cuenta y saliera corriendo a detenerla. Pero Felipe no podría saber nada. Nunca hablaron de ello. Ni mucho menos la oyó salir.
Así que Britney llego al hotel y los empleados la vieron con simpatía porque venía con sus niños y bien arregladita como señora de clase media. Subió las escaleras de enfrente y tomo el elevador. Llego al tercer piso donde se hacían los bailes y luego subió a la azotea. Rápido se acercó a la barda y puso a los niños a un lado. Pero en ese momento empezó a pensar viendo para abajo, para la calle. Como que se le vinieron muchas cosas a la cabeza, como un remolino de cosas en su cabeza y se sumió en ellas. Veía muchas caras y oía muchas voces que hablaban con ella. Han de ver pasado unos 15 minutos y ya la gente que pasaba por la calle de abajo, sobre todo de la acera de enfrente la empezaron a mirar. En un rato varias personas gritaban: “! llamen a la policía !” o “! llamen a los bomberos, esa señora se quiere suicidar ! ”. Mucha gente se juntó. Más de 100 gentes en la banqueta de enfrente y rápidamente llego la policía. Principalmente los que estaban cerca estacionados en La Alameda. Rápido subieron algunos de ellos a la azotea. Uno de los policías, alguien joven, se le acercó y le dijo con mucho respeto y como tratando de entenderla: “no salte señora, piense en los niños”. Luego otros la rodearon y le impidieron saltar mientras que abrazaban y cargaban a los
niños. Ya no pudo hacer lo que había pensado. Ya después como que recupero el conocimiento. Había un cura con ella y este le proponía que se confesara, que le confiara a Dios sus pensamientos por la vía de un sacerdote como él. Que Dios comprendería todo, le decía. Cualquier sufrimiento, cualquier dolor. Ella nomas lo oía, pero sentía que ya no estaba tan sola. Como que toda esa gente que la rodeaba, los policías, los empleados del hotel, el cura y también algunos periodistas que ya habían llegado y le tomaban fotos, eran sus amigos. Como los que tenía en la secundaria cuando nunca se sentía sola ni sufría. Más tarde la llevaron ante la autoridad. Ahí le dijeron que no podía tener a sus hijos por un tiempo y que su marido Felipe tampoco, ya que ella les había contado sobre su trabajo de noche. Le dijeron que los niños irían a un refugio del DIF del estado. Que ahí se harían cargo de cuidarlos y alimentarlos y cursarían el kínder. Que el estado se hacía responsable de ellos.
Britney se alegró. No sufrió porque se llevaran a los niños, como que sintió alivio. Pensó que eso le permitiría trabajar y ganar algo y junto con lo que gana Felipe poder rentar una casita para ellos dos y los niños. De repente se le vino a la cabeza la idea de que por eso subió al hotel, por eso se tardó en hacer lo que pensaba hacer. Como que si hacia eso Dios la iba a socorrer y le ayudaría. Sobre todo, por qué “Dios cuida y ama a los niños y siempre los protege”, como le decía su madre cuando ella también era niña. Ahora siente que Dios la socorrió. Que desde donde está le mando todo eso. Los policías, la gente, el cura y los periodistas
para que le ayudaran. Para que ya no volviera a estar sola. Y que pronto, cuando trabajara ella y ganara algo podrían tener su propia casita, una casita solo para ellos y los niños y después ir a recoger a los niños y hacerse cargo de ellos y que la autoridad se los permitiría.
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Por la tarde, los noticieros informaban: “Policías salvan a mujer en situación desesperada de escapar por la puerta falsa. Recibirá ayuda psicológica y el alcalde prometió ubicarla en algún empleo del municipio. Salvan también a sus hijos que quedaron bajo resguardo del DIF.”
Acerca del autor
Benjamín Castro Guzmán
Nació en Cd. Obregón Sonora, México, hace mucho tiempo ya. Estudió en la UNISON, donde fue dirigente del movimiento estudiantil, y economía en la UNAM en la CDMX. Fue parte del Buró Latinoamericano de la Executive Intelligence Review (EIR) en Nueva York y Virginia, en diferentes años, donde se dedicó a procesar información sobre la economía y la vida política y social de algunos países. Participó en la representación de teatro de algunos entremeses de Miguel de Cervantes y ha sido aficionado a la literatura y la música clásica desde su juventud.
Como activista político en el Movimiento Larouchista y en MORENA, le tocó hacer actividad política en Saltillo, Coahuila; una ciudad que, debido al TLCAN-T-MEC, se convirtió en un reservorio de mano de obra barata - la más barata del mundo - y donde la movilidad social se detuvo hace ya décadas, condenando a los jóvenes a una vida lineal y sin esperanzas, lo cual es el móvil de estos 3 cuentos.
Debido a ello y gracias a la lectura de cuentos, novelas y ensayos cortos de autores como Stefan Zweig, Dostoievski, Pushkin, Flaubert, Chekhov, Lord Byron, Perci Shelley, Robert Louis Stevenson, James Joyce y Charles Dickens - de Europa - y de autores latinoamericanos como Julio Ramon Ribeyro, Alejo Carpentier, Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti; y también por releer a viejos conocidos como Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges y Carlos Fuentes; es que ha podido ahora escribir estos cuentos y otros, cosa que antes le parecía imposible, porque comprendió que “la literatura es un vehículo o instrumento que puedes usar cuándo quieres transmitir una idea histórica, filosófica, científica o de cualquier orden, incluso de ciencia económica, que es el caso de estos cuentos; pues como lo explica Edgar Alan Poe en su ‘Filosofía de la Composición’, en la literatura la creación no es un acto de ‘inspiración’ o de ‘frenesí intuitivo’, sino uno muy racional donde se parte de una idea y vas inventando cosas para transmitirla y hacerla llegar al corazón y el alma de la gente, cosa que de otra forma no sería posible porque cada idea tiene, más allá de su expresión verbal o escrita, una dimensión emocional, moral y existencial.


