“Los países subdesarrollados tienden a desarrollarse dentro de un desenrollamiento natural porque si no, nos enrollamos…”

Mario Moreno Cantinflas

Cuento 1. VALENTE

Por Benjamín Castro Guzmán

– Mamá, mamá, ¿te acuerdas del Valente?, ¿el niño que llegaba todas las tardes a la tienda para jugar conmigo cuando estábamos en la parte oriente? ¡Ya camina mamá!, ¡y está trabajando en una sastrería en la calle Pedroza! Cuando lo vi le agarró la risa, se puso muy contento igual que yo porque no nos veíamos desde que éramos muy chicos.

Yo lo recuerdo con sus piernas hechas un ocho -- así la decíamos “el ocho” –, porque tenía la polio y sus piernas eran muy flaquitas y las tenía cruzadas hacia adelante y para moverse avanzaba con sus nalgas y usaba unos como dados de madera que traía en las manos para empujarse. Sus pantalones se le acababan rápido y su mamá los remendaba, les ponía uno como parche para la parte donde se arrastraba en la tierra o el piso. Pero siempre andaba riéndose y siempre quería jugar. Nos íbamos para atrás de la tienda cruzando por el tejaban del taller mecánico para llegar a la parte del llano que llegaba hasta la calle que terminaba en las vías del ferrocarril. Jugábamos a todo. Valente siempre quería jugar a todo. A veces solo a ver pasar el tren y oír sus pitidos, o cuando esos trenes entraban a la despepitadora extranjera de donde sacaba muchas pacas de algodón. Había varias algodoneras en el pueblo y todas tenían nombre en inglés. Nosotros contábamos hasta donde podíamos las pacas de algodón que iban descubiertas en cada furgón rumbo al puerto que estaba cerca para de ahí, para irse a otros países, según nos decían los señores grandes. A Valente sus papas solo lo dejaban salir un rato, como desde las 4 hasta que empezara a anochecer. Vivía en un chiname cerca de la tienda de mi madre y mi abuela. Cuando ya se iba a para su casa, a veces yo le regalaba pan dulce o algunas zurrapas que quedaban en la vitrina del pan de la tienda, porque esas nos gustaban mucho, más que el pan, porque eran pedacitos de concha, de elotitos, de piedras dulces y de otros, pero revueltos.

Deje de serlo muchos años, como desde los 6 que tenía hasta ahora que ya estoy en segundo de secundaria. Ahora siempre que paso por la sastrería donde trabaja se suelta platicando.

– Ya hasta tengo novia – me dijo el otro día –. ¿Cuál? ¿Una de las niñas de la colonia? – le pregunté – no, no me amueles – me dijo riéndose –. Mi novia si es bonita – agregó antes de soltar la carcajada –. Y así me contaba de su trabajo, de donde vivía ahora, que la escuela a la que va que es nocturna y demás cosas. Pero un día, yo agarre valor de no sé dónde y le pregunte: – ¿Valente, como te arreglaron las piernas?, pues yo recordaba que sus papás eran muy pobres y por eso no podía ir con los doctores ni curarse. Me contó que un día su papá llegó con el diario del pueblo y le enseñó un anuncio. Era del Seguro Social y le pedían a la gente que llevaran a los niños a vacunarse contra muchas enfermedades y que les ofrecían también curarlos de la polio. – Yo no quería ir – me dijo Valente, – me daba mucho miedo, creía que me iban a “meter cuchillo” o ponerme sueros e inyecciones– me dijo riéndose. – Además, mi mamá me tenía que subir cargando al camión que nos dejaba cerca del Seguro Social y a veces no teníamos dinero para pagar los pasajes. Pero quién sabe cómo le hicieron y me llevaban todos los lunes, los miércoles y los viernes. Algunos choferes del camión no nos cobraban, pero otros sí–.

– Ahí en el seguro – continuo – no les cobraban y los doctores y las enfermeras eran muy tranquilos. Siempre estaban platicando y haciendo chistes. Había otros niños como yo, con la polio, pero creo que tenían menos polio que yo porque andaban parados. Yo no me sentí a gusto hasta que conocí al doctor que era el jefe de todos. Era un señor ya con canas y con unos lentes que parecían fondo de botella, pero era muy tranquilo y a veces, al vernos salir después del tratamiento, le ofrecía unas monedas a mi mama y le decía: “tome, para el camión para que no falten a la próxima consulta”. Y ese doctor, ya grande, fue el que me dijo una cosa que fue lo que más me animó y me quito el miedo: “hubo un presidente de Estados Unidos que tuvo polio como tú. Pa que veas que la polio también les da a los presidentes”, me dijo y me acarició la cabeza. Solo que a él no pudieron curarlo porque la polio lo agarró ya grande, ya con más de 30 años. “Pero tu estas muy chiquillo, así que vamos a curarte para que puedas caminar y hasta correr, pero tiene que aguantar vara y hacer todo lo que te digamos”. – Así empezó todo y mírame ahora – me dijo Valente –, mostrando sus bíceps y el fierro que todavía traía en una de sus piernas, con esa sonrisa que siempre tuvo y que a mí me contagiaba alegría, como que todo lo hacía feliz o le daba risa, como si le hiciera cosquillas.

Después, ya más tarde, le conté todo a mi mama, todo lo de cómo había sido la curación de Valente. Ella y mi abuela, igual que todos las señoras y señores del barrio, le habían agarrado cariño a Valente, en aquellos años. Ella escuchaba todo lo que le iba contando de Valente, pero de repente, me dio la espalda y se paró de la silla. Yo pensé que se había enojado, que algo le había parecido mal, pero no, era otra cosa, era que estaba llorando y no quería que la viera.

Cuento 2. MILAGRO DE AMOR

Por Benjamín Castro Guzmán

Doña Petra era una señora amiga de mi abuela que venía del mismo pueblo de ella que estaba más al sur. Vino buscando trabajo para ella y para su hijo y pidió alojarse en nuestra casa por mientras se acomodaba en el pueblo. Mi madre había estado yendo a las juntas de los campesinos en el centro de la ciudad; se hacían reuniones todos los jueves y los líderes informaban sobre las solicitudes de tierra que se hacían. Mi madre había solicitado tierras para sembrar y así mejorar nuestra situación porque vivíamos al día y en una casa que solo tenía dos cuartos de material, y lo demás de láminas y tablas. No consiguió tierra, pero sí un solar o lote en las afueras, en una zona nueva a la orilla y cerca de los canales de riego donde los del municipio querían poblar y ya habían hecho las calles y tenían tubería de agua, aunque no había drenaje y por eso pusieron escusados de pozo. Mi abuela le dijo a doña Petra que ahí se podían acomodar, que levantara un tejaban y que pusieran sus cosas. Le dio también una estufa de petróleo chiquita, con dos hornillas para que pudieran cocinar. Muy pronto la armaron y a los pocos días ya tenían dos cuartitos de lámina y cartón. Doña Petra tenía un hijo que se llamaba José Luis. Él era diferente y la gente hacía chistes sobre él y se burlaban. Mi abuela decía que era “frescolin”. Yo no entendía mucho, pero si sentía que José Luis hablaba de otro modo, como mis tías las grandes, las mamás de mis primos. Hablaba como señora, pero con voz muy fuerte. Siempre andaba en sandalias y con las uñas largas de los dedos pequeños de la mano. Era muy alto y fornido y muy trabajador. Él levantó el tejaban en unos cuantos días y se puso a vender cosas. A mi madre y mi abuela les enseño a hacer flores de papel y a encerarlas para vender en las fiestas de la virgen o en el día de las madres. También les enseño a hacer antifaces, máscaras y gorros para las fiestas del carnaval. A mí me tocaba vender en la plaza cercana a nuestra casa; podía vender hasta 50 en los días del carnaval y mi madre me daba dinero para poder entrar a ver los títeres en una carpa o para pasearme en los juegos mecánicos. Había uno que se llamaba el remolino, si te subías, no podías parar de reírte desde que empezaba a moverse.

José Luis también arreglaba cosas como planchas o refrigeradores. Los vecinos del lote y los vecinos de nosotros lo llamaban para esas cosas cuando lo necesitaban. También ponía inyecciones igual que mi madre, pero no quiso ir nunca a la Cruz Roja, donde mi madre a veces lograba trabajar cubriendo turnos de noche de ayudante de las enfermeras.

Unos dos años después, la señora Petra y su hijo José Luis se mudaron. Se fueron a otra colonia, de las más antiguas, donde rentaron su casa. Ya casi no los veíamos pues dejaron de venir. Cuando yo ya había crecido y ya iba en cuarto de primaria, un día llegó José Luis con una mujer que era su esposa y dos niños chiquitos. Mi madre y mi abuela lo recibieron muy contentas y emocionadas. Él les hacía chistes y les contaba que había sido de su vida. Que logró buenos trabajos, que montó un negocito, que le habían propuesto ir a otra ciudad a levantar un negocio grande y que iba aceptar y que por eso venía a despedirse. Fue un momento de muchas risas, alegría y también tristeza puesto que se estaban despidiendo. Nos dijo que Doña Petra ya no vivía con ellos. Que cuando se casaron se fue a vivir a un cuartito cerca de la casa de ellos pues decía: “¿Cuál es el onceavo mandamiento de la ley de Dios?: ¡No estorbaras!”, contestaba y se reía. Cuando ya tuvimos el primer niño - siguió diciendo José Luis - un día llegó a la casa mi mamá, era domingo, y nos dijo: “Acompáñenme al templo del Señor de los Milagros”. Nos fuimos con ella - continuo José Luis - y ahí frente a la imagen del Cristo Sangrante en la cruz nos dijo: “Ya cumplí mi misión en esta vida, la que Dios me dio; la de sacarte adelante mijo y ahora tu tienes tu propia vida, yo me regreso con mis hermanos a mi pueblo a vivir lo último que me queda, cuando puedan dense la vuelta para verlos”.

Unos momentos después, cuando se fueron y mi abuela los vio que agarraron un taxi en la calle, nos dijo refiriéndose a José Luis: “Esa mujer lo quería mucho, se emperro y por eso lo cambió, y ahora es un hombre”. Ella ya conocía a Flor, la esposa de José Luis desde hacía tiempo. Nos contó que ella - Flor - era una mujer guapa, de esas que todos los hombres voltean a ver en la calle y su familia tenía una tienda cerca y pasaba por la casa para saber de José Luis. Que le contó a ella - a mi abuela - que estaba enamorada de José Luis, que no quería a ningún otro; le pedía que la ayudara a cambiarlo y le lloraba largos ratos a su lado. Así que mi abuela le propuso ir a la iglesia, los martes al Santuario de la Virgen del Perpetuo Socorro y los viernes al templo del Señor de los Milagros. Que ellos sí podían hacer ese milagro y que, si se lo concedían, en agradecimiento, anduviera con un hábito como el de ellos. Un año con el hábito del Señor de los Milagros y un año con el hábito con el de la Virgen del Perpetuo Socorro. Esas eran las dos imágenes a las que mi abuela les encomendaba todo, si uno se enfermaba, si no teníamos dinero para pagar la renta, si no había que comer etc., todo. Por eso mi abuela casi siempre trajo un hábito desde que yo me acuerdo, porque siempre había dificultades y siempre estaba cumpliendo una manda. Flor no llevaba hábito ninguno cuando pasó a despedirse. Quizá los uso menos tiempo o ya los había usado por un año cada uno, puesto que hacía más tiempo que no los veíamos. Quien sabe, pero mi abuela estaba segura de que esas dos imágenes habían cambiado a José Luis por qué “nadie más puede hacer eso”, nos dijo a mí y a mi madre. “¡Ni modo que un curandero!” - Señaló y agregó muy segura-, “para eso, para lo que tenía José Luis, ¡no hay medicina!”

Cuento 3. YA SE MUEREN MENOS

Por Benjamín Castro Guzmán

Recuerdo bien esa noche, la del ciclón, porque estábamos refugiados en un cuarto de la casa donde teníamos la tienda de abarrotes, lejos de las dos puertas del frente, porque creíamos que por ahí podría entrar el viento que ya doblaba esas puertas hacia adentro; entrar por ahí y llevarse todo y hasta a nosotros mismos. Pero no fue de ese modo. Lo que pasaba era que el viento subía y bajaba el techo que era de láminas de cartón, de esas negras que tenían aceite y eran resistentes, y estaban clavadas a las vigas de madera. Era como un cartón grande que subía y bajaba y dejaba entrar el viento y la lluvia, pero arriba, no acá abajo con nosotros. Ha de haber durado toda la noche el ciclón y mi abuela se encomendaba a Dios y le pedía que nos salvara y que si no quería o no podía, que me salvara a mí. – “Él está muy chiquillo, déjalo vivir señor, no te lo lleves, llévanos a nosotros” –, decía besando la cruz de un rosario que siempre traía; y mi madre me abrazaba cubriéndome con su rebozo y me daba besos. Ella que era tan fría y tan distante en ese momento no quería soltarme y me cubría. Pero no nos pasó nada y el techo de la tienda quedó donde mismo, nomás dejó entrar agua y tierra y piedras cuando subía y volvía a caer.

En la mañana que salimos de la tienda ya estaba el sol muy fuerte, el cielo estaba limpio y ya no hacía viento. Más tarde pasaron algunos tractores jalando batangas en el lodazal y los charcos y había gente de la Cruz Roja, bomberos y algunos policías. En la orilla de la colonia del oriente llegaron los helicópteros del ejército que venían del puerto cercano. Traían agua y bolsas con cosas de comer y venían con algunos médicos y enfermeras. Iban y venían llevando algunos que estaban heridos hacia el hospital que estaba en el centro del pueblo, donde había pavimento y no hubo muchos destrozos y heridos, pero a donde no se podía llegar por tierra, porque entre el centro y la colonia oriente había charcos que parecían lagunas y aparte mucho lodo. Nosotros, mi madre, mi abuela y mis amigos de la colonia nunca habíamos visto un helicóptero, ni de cerca ni de lejos, solo las avionetas que fumigaban los campos agrícolas y otras que pasaban y tiraban propaganda de algunas tiendas y nosotros les gritábamos: “¡Tira papeles, tira papeles!” e íbamos corriendo a colectar todos los que podíamos. Era como una especie de honor para los niños el poder agarrar esos papeles o agarrar más que los demás niños.

No supimos de ningún muerto en ese ciclón o no nos lo dijeron. Es más, creo que ninguno de nuestros amigos entendía bien qué era eso de la muerte. Solo sabíamos que en un satélite de Rusia había muerto la perrita “Laika”, allá en el cielo, porque mi mama, cuando anochecía, nos mandaba a dormir al patio en unos catres y desde ahí podíamos ver el “pájaro madrugador”, otro satélite que era de los gringos y pasaba en las noches por el cielo. Pensábamos que eso era el cielo, un lugar a donde se podía ir y los muertos iban; no nos preocupaba y menos nos daba miedo. Por eso, una vez que supimos que en uno de los chinames más chiquitos - de los que había una hilera frente a la cerca de la despepitadora de algodón - murió una niña recién nacida, fuimos a verla sin entender, como si fuera un juego. Vimos la cajita de cartón donde estaba ella en medio del único cuarto del chiname de cartón y piso de tierra. Su madre estaba tirada en el suelo como dormida. De repente despertaba y volvía a gritar y volvía a caer desmayada. No había más que otra señora que la cuidaba y la abrazaba y le ponía un algodón con alcohol para que se despertara. A nosotros, yo y mis amigos, nos dio mucha lastima, pero no miedo, ni nada de eso. La gente no decía nada de porqué murió la niña.

Además, mi madre y mi abuela me decían que mi padre murió cuando yo todavía no nacía. “Cuando venias en camino” -me decía mi abuela-, quien siempre cuando estaba cariñosa me abrazaba y me decía: “Mi huerfanito”. Pero no murió de ninguna enfermedad, me decía. Fue un accidente, su carro cayó al mar en un puente. Las enfermedades ya se curan casi todas, “solo que Dios no quiera” - acotaba -, menos el cáncer”, me explicaba. Y eso sí lo entendía yo. Ya sabía de una tía lejana, prima de mi abuela paterna, que vivía en una casa grande, en la esquina de la calle con más tráfico del pueblo y contra esquina de la plaza. Esa casa siempre estaba cerrada. Tenía tres puertas porque era grande y no se veía a nadie. Adentro vivía esa señora que tenía cáncer. Solo veíamos entrar al doctor de vez en cuando. Era el doctor del barrio, que atendía a toda la gente. A nosotros - a mí, mi abuela y mi madre - no nos cobraba. Decía que porque había conocido a mi padre y eran amigos. No sé. Hacía lo mismo con otras gentes y también iba a sus casas si los enfermos no podían moverse.

Mi abuela también había sufrido la muerte de un hijo; el hermano de mi madre, cuando solo tenía 12 años. Me decía que allá en su pueblo en el sur, hace muchos años, habían ido de paseo a la sierra, a un rancho cercano y que a su hijo le picó un alacrán. Estaban lejos del pueblo donde solo había un doctor y no había hospital. Nos decía que alguien le cortó con una daga el lugar donde fue el piquete del alacrán y le chupo la sangre para salvarlo, pero no pudo. Así murió siendo un niño. Yo lo recordaba como otro niño como yo. Sentía que éramos amigos desde lejos, desde donde él estaba. Nunca me causo miedo o cosas así. Era mi tío, un niño como yo y eso me daba gusto. Después en la colonia y en todo el pueblo, los del Seguro Social ofrecían una medicina para el piquete de alacrán, un antídoto, así le decían. Y es que había muchos casos de piquete de alacrán y también de otros animalitos. A mi tía, la hermana mayor de mi padre, le picó dos veces una “viuda negra”, que decían que era la más mortal de todos los animalitos, más mortal que las víboras de cascabel. Quien sabe. Estuvo en la cama varios días y con muchos dolores, eso sí, pero no se murió. Por eso mi abuela y mi madre, cuando nos íbamos a dormir rezaban: “San Jorge bendito, amarra tus animalitos para que no le piquen a nadie” y me hacían que lo repitiera y me persignara.

También me sucedió que en la colonia del centro de la ciudad donde después fuimos a vivir, mi amigo Armando, el más chico de nuestro grupo se cayó de un árbol a donde siempre nos subíamos a “changear”. Eran unos árboles sauces de la india, ahora se, que los había traído a México el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas y que en el pueblo les llamaban “Yucatecos”. Eran muy grandes y de ramas y troncos gruesos a donde podíamos subir todas las tardes y fuimos arreglando, clavando tablas como bancas pequeñas a mero arriba, en la cúpula de los árboles. Desde ahí podíamos ver el caserío y hasta la plazuela que estaba a unas 3 cuadras. Armando resbaló desde arriba y pasó entre las ramas hasta caer al suelo. Se quedó como dormido. Vinieron sus papás y lo llevaron a un hospital privado por órdenes del Dr. Rojas, un médico que la familia conocía. Ahí estuvo muchos días dormido o “en coma” como decían las enfermeras. Nosotros los niños del barrio lo visitábamos y siempre estaba dormido, con una venda en la cabeza y una botella de suero a un lado, una enfermera que lo vigilaba y los doctores que había en esa clínica entraban al cuarto y le inyectaban cosas o tomaban su brazo y median su pulso. A veces, alguna señora de la colonia decía que “no la va a librar, ya son muchos días de estar dormido”. Nosotros, sus amigos, empezamos a pensarlo como una pérdida. Como alguien que ya no está en el equipo de béisbol que teníamos (o más bien “ponchito”, porque no teníamos ni manoplas ni pelotas de Beisbol y jugábamos con corchos con cinta adhesiva y unos trapitos para cachar y palos de escoba para batear), como un miembro de la pandilla que ya no está, que se fue a otra ciudad u otra colonia en el mismo pueblo. Así había pasado antes con otros niños amigos que sus padres los llevaban para otra parte. Pero no fue así, un día nos avisaron que “Armando ya despertó”. La noticia corrió por todo el barrio y la colonia. Las señoras decían que era un milagro; que “Diosito no se lo quiso llevar” y que “ya no será un angelito” como decían que iba a ser casi desde que se cayó. En pocos días se recuperó. Primero salió a la puerta de su casa y se sentó en la saliente que había en la ventana de su casa, donde solía acostarse temprano en la mañana para refrescarse en los días del calorón cuando todos dormíamos afuera de nuestras casas, en los patios y en catres de lona fresca. Después siguió “como si nada”. A todos se nos olvidó lo que pasó y volvimos a “changear” en los árboles y ya no teníamos ningún miedo. Claro, nuestras mamás o los demás adultos cuando pasaban debajo de los yucatecos, nos decían: “Pero qué necios son; ¿nunca van a entender? ¡Bájense! ¿Quieren que se muera alguno?

Cuento 4. BETTY LA LOQUITA

Por Benjamín Castro Guzmán

En la casa mi madre y mi abuela habían decidido poner una fonda para abonados. Es decir, un lugar donde la gente puede hacer las tres comidas diariamente y pagar el día de la raya o la paga. Decían que había mucha gente que estaba llegando al pueblo sobre todo en las zafras, cuando había cosechas de algodón o de trigo. Muchos solo pasaban por el pueblo unos días y se seguían hacia “el otro lado” donde había mucho trabajo y ganaban más dinero, según decían algunos. Pero otros se quedaban, porque también acá había mucho trabajo. Así que había muchos “abonados” en la casa. Siempre estaban llenas dos mesas grandes donde cabían hasta 8 personas. Les hacían comida del sur, decían, como huevos con nopalitos o moles y todo con tortillas de maíz hechas a mano. No sabían hacer, por ejemplo, las tortillas de harina, huevos con jamón o los “hotcakes” que se usaban en el pueblo o que hacían en la casa de mis abuelos paternos. Mi abuela y mi madre eran del sur, pero el pueblo era del norte y les gustaban las cosas al estilo gringo. También llegaban los “húngaros” como les decían a los gitanos, con sus carretas grandes donde vivían. Ponían cine en las noches al obscurecer y cobraban 20 centavos a los niños. También salían a las calles y ofrecían leer la suerte, pero la gente les tenía desconfianza y decían que te podían robar. Solo tomaban tu mano, la miraban un ratito y empezaban a decir cosas. A algunos les gustaba porque les hacían reír o les prometían muchos beneficios.

En ese tiempo llegaron también la familia Echeverria. El padre era un topógrafo que vino a trabajar en las obras de una presa y en los canales de agua en el campo. Era una familia grande y el papá salía temprano en la mañana con aparatos detrás de su camioneta. Con esos medían distancias y le decían a las máquinas como raspar la tierra hasta cierto nivel para hacer calles o abrir los canales. Uno de los hijos era nuestro amigo. Había tenido polio de chiquito y quedó con el brazo y la pierna izquierda muy delgados, pero él se sentía galán; el galán de la pandilla, porque tenía los ojos azules y el pelo casi rubio, como si fuera gringo. Es más, yo tenía otros dos amigos que sus papás habían venido desde el sur, para trabajar en las obras de los campos. Uno de ellos manejaba una raspadora o motoconformadora. El otro nunca supe que hacía, pero salía igual, muy temprano en la mañana para volver hasta en la tarde. Unos pocos años después regresaron a sus pueblos más al sur o se fueron a otros lados del país donde había de esas y más trabajo.

De los que más recordábamos los niños era uno que le decíamos, “el de la guerra”. Él nos contaba historias de la guerra por las tardes. Llegaba al puestecito que era propiedad del “guerito”, un señor que también venía muy del sur y que tenía un puesto con ruedas donde poco a poco se fue haciendo clientela por las aguas frescas que vendía en el verano junto con las sandías y las jícamas, pepinos y gelatinas que vendía en tiempo de frio. El señor - “el de la guerra”- había ido a la guerra, decía, y ahora estaba pensionado y trabajaba de velador de los almacenes de trigo por la noche. Decía que había ido a Corea, pero nosotros sólo sabíamos de China y Japón porque había familias en el pueblo que tenían tiendas, tortillerías o boneterías, que venían de esos países. No sabíamos de Corea. Una vez nos preguntó el señor de la guerra: - ¿Saben niños que es lo más importante para un soldado en la guerra? -, varios contestamos: - ¡No tener miedo! -, pensando quizá en las aventuras como las del Llanero Solitario, las de Red Rider, las de Hopalong Cassidy y otras de vaqueros que leíamos en los cuentos con imágenes que se rentaban en una de las tiendas del barrio a 20 centavos. A eso el señor de la guerra nos contestó: –No niños, lo que más importa es la ¡ESTRATEGIA! –dijo con mucho énfasis en esa palabra y señalandose la cabeza con los dedos de la mano. Nosotros no sabíamos qué era eso y él se ponía a explicarnos que era de diferentes maneras y era muy divertido porque él siempre estaba muy serio, pero sabía que todo lo que nos decía nos haría reír.

De entre tantos que llegaron un día llegó uno que llamó la atención de todo el barrio. Era un tipo joven y fornido, que vestía como de ciudad, pero ligero, no con traje ni corbata, pero sí ropa de vestir. Le pusieron el “forastero” porque era diferente a los de aquí y a los otros que llegaron. Fue abonado de la cocina de mi madre y mi abuela, y le rentaron uno de los cuartitos en nuestro patio que habían construido de madera y láminas de asbesto que eran más resistentes. No le preocupaba porque no tenía planes de quedarse mucho tiempo, según decía. Era piloto de los aviones fumigadores. Los agricultores lo habían contratado para fumigar diferentes campos. La gente de la algodonera le recomendaron abonarse en nuestra casa. Él era muy platicador y de buenos modales y eso encantaba a las señoras que decían que era muy guapo y atento, “no como los rancheros corrientes de aquí”, decían.

En el pueblo había una joven muy bonita - la más bonita del pueblo, decíamos nosotros -, que vivía cerca de mi casa y pasaba a veces por nuestra calle. Se llamaba Betty, y cuando pasaba los niños le decíamos cosas y ella bromeaba.

Una vez le dijimos – ¡Betty, dice el Jorge que es tu novio!

Jorge era el niño más grande de la pandilla, ha de haber tenido unos once años y nos decía: –Cállense, no le digan eso, van a ver he…

Y ella contestaba riéndose: –Eso no se va a poder.

–¿Por qué? - preguntábamos todos.

–Por qué voy a ser monja, estoy estudiando para monja –decía y se reía a carcajadas.

Quien sabe cómo pasó pero un día la vimos platicando con el forastero. También la vimos caminar con él dando la vuelta en la plazuela. Después vimos que fueron juntos al cine que estaba cerca y ya de noche - como a las 8 de la noche -, e iban solos sin “chaperón”, o sea, sin ningún hermanito o algún acompañante de la familia de ella. Después ella empezó a visitarlo al cuartito que le rentaba en mi casa. Pasaba las tardes con él. La gente empezó a decir cosas por lo que hacían. Había muchos rumores y cuentos. Las señoras decían que el forastero le había “sorbido el seso” a Betty con sus buenos modales y su verbo. Que los jóvenes del pueblo “no le llenaban el ojo” y por eso se había enamorado de él y que de seguro se casarían pronto.

Pero no pasó eso. El forastero un día se fue y ya no se supo de él. Creo que terminó de fumigar los campos que le habían pedido y como era el único piloto en esos días, se tardó un poco, creo que todo el verano y se fue por ahí en octubre, después del día de la raza.

Betty empezó a cambiar. Ya no salía y si lo hacía se cubría la cara con una mantilla y caminaba rápido como si le diera vergüenza. Ya no nos saludaba ni volteaba a vernos a los niños. Su cara empezó a cambiar y ya no se pintaba. Se fue poniendo como amarilla y le salió un poco de bigote. Pero eso no fue lo peor. Pronto empezó a enflacar y sus piernas llenitas enflacaron. Empezó a usar tobilleras, como si fuera niña de primaria y ya se le caían por lo flaco de sus piernas. Pasaron algunos años y Betty pasó a ser “la loquita” del pueblo. Igual que otro joven señor que decía que era Pedro Infante y que cuando pasaba por nuestra calle se ponía a cantar con una taza blanca para el café, que él decía que era un micrófono. “¡Pedro Infante canta!”, le decíamos, y él feliz; se paraba a cantar y hacía ademanes imitando el cantante que era muy famoso entonces. Pero con Betty no fue así. Su aspecto era sombrío, solo salía a la calle del brazo de su mamá. Su ropa estaba sucia y ella también, probablemente no se bañaba a pesar del calor y olía a orines. No volteaba a ver a nadie, como si no nos pudiera ver.

El forastero nunca volvió, como ya les dije, pero después - no sé cuántos años después -, supimos que había muerto; que se estrelló en su avioneta en una zona del norte del país donde andaba fumigando. Eso era lo que Betty sabía y nosotros no. Él no se había burlado, él no la abandonó. El murió.

Cuento 5. EN EL ROLLO

Por Benjamín Castro Guzmán

Duró solo unos segundos que nos parecieron muy largos, como si fueran en cámara lenta: El presidente de la república estaba frente a nosotros, a unos 10 metros o un poquito más, y nos miraba severo, pero con un dejo de comprensión o benevolencia, quizá porque la mayoría éramos preparatorianos junto con otros mayores que eran de facultad. Con su mirada repasaba las pancartas y mantas y lo que ahí decía y también nuestros rostros. Éramos más de 100. El presidente había ordenado a su chofer y comitiva que detuvieran el auto descubierto en que recorría la avenida frente a la universidad. Nosotros estábamos en una escalinata frente a la universidad al otro lado de la calle. Nos miró y nosotros también, fue como si nuestras miradas se cruzarán, la de cada uno de nosotros con la de él y luego nos dijo: “Viva México jóvenes, Viva México, jóvenes” y ordenó al chofer que avanzara. Nosotros seguimos gritando lo que decían nuestras mantas y pancartas: “Fuera el Rector traidor”; “Exigimos un nuevo plan de estudios”; “Exigimos una educación científica y moderna”; “Democracia en el Consejo Universitario” y otras por el estilo.

Después de, los que éramos dirigentes del movimiento estudiantil, decidimos hacer una reunión rápida en la casa de unos estudiantes foráneos, unos que venían de Baja California. Ahí el dirigente más importante (un maestro muy informado al que el movimiento estudiantil había logrado imponer en una facultad y obtuvo su plaza “a título de suficiencia” porque el nunca termino su carrera y siguió sus estudios de manera libre y autodidacta pero sabía más que los maestros con título) nos dijo que después de lo que hicimos podría venirse la represión, no tanto de parte del presidente y la SEGOB y sus agentes, sino del gobierno del estado que es un aliado de los terratenientes que controlan la universidad y el patronato para sus fines y no quieren perderla. Nos dijo que deberíamos revisar los diarios del día siguiente y también los noticieros de la TV y radio, que estuviéramos muy pendientes.

Cuando el maestro se fue nosotros nos quedamos platicando. Sabíamos que si mañana los periódicos publicaban sobre lo que paso con el presidente nos iría mal, sobre todo temíamos a uno de los diarios donde escribía un periodista que lanzaba a diario calumnias e inventaba cosas en contra de nosotros, de los dirigentes y de los maestros que apoyaban al movimiento. Pero también temíamos que aparecieran fotografías. Que salieran nuestras caras. Magdalena, por ejemplo. Era muy activa en el movimiento y se había formado en las feministas francesas, pero era hija de un terrateniente francés que vivía en la ciudad. No quería que su padre le viera en la foto, quería seguir en el movimiento, pero su padre podía sacarla de la universidad y meterla a una escuela privada. Ella como otras compañeras y compañeros de familias acomodadas simpatizaban con el movimiento porque se hartaron de la vida “en sociedad”, como le decían a la vida de los ricos. Esa vida estaba llena de prejuicios y clasismo, donde importaba mucho como te apellidabas, cómo te vestías, que auto traías, si hacías viajes o no, si ibas seguido a la frontera a comprar ropa y otras cosas así. Esto los hacía inclinarse al movimiento y buscar alguien a fin en el como pareja. Hubo muchas parejitas así, incluso de algunas compañeras que aparte, en “la sociedad” tenían otro novio oficial, el que sus familias les imponían como “buen partido” porque tenía dinero y negocios. Otros compañeros temían a esa foto en los diarios porque pertenecían a familias religiosas, o porque sus padres eran funcionarios públicos, como algunos de los de los foráneos de Baja California que su padre era un jefe de la policía de la capital de ese estado. Nosotros no, los de clase media y media baja no teníamos temor a una foto así. Al contrario, sentíamos que nuestros familiares se sentirían orgullosos porque habíamos podido estar frente al presidente de la República y que este nos contestara. O creíamos que la foto nos serviría para impresionar a alguna chica o chico que nos gustara en la universidad.

Y es que el movimiento en la universidad nos unía a todos. Era como un arroyo al que todos llegábamos buscando agua pero por diferente sed. Los de clase media o clase media baja, porque queríamos una mejor educación, conocer más sobre el mundo y sobre la gente. Tener una mejor formación para así tener mejor futuro y para eso nos enviaban nuestros padres a la universidad, para que fuéramos mejores que ellos y viviéramos mejor. Los de las familias acomodadas porque querían escapar de sus círculos sociales donde tenían una vida vacía y sin propósito. Nosotros, yo y algunos amigos que veníamos de un pueblo del sur; porque el movimiento era algo que nunca imaginamos en nuestro pueblo, donde la vida se reducía e ir a la escuela, juntarse en las tardes para platicar y hacer bromas sobre chismes, la ropa que usábamos, las chavas que nos gustaban a cada quien, los problemas de alguno etc. Todo era dentro de los límites del cuadro exacto que era nuestro pueblo. Limitado por 4 calles. La vida era oscura, podríamos decir, sin ninguna luz al final del túnel porque no había túnel, solo oscuridad que veíamos como normalidad. Oscuridad en la mente y el alma. En el movimiento, en las marchas, los mítines o las largas discusiones en las asambleas o en los jardines y las cafeterías de la universidad, había de todo. Se discutía sobre la sociedad y la economía, pero también sobre el sentido de la vida o sobre los héroes de la historia y también sobre ciencia. Se leía a Marx, a Lenin, a los brasileños como Do Santos, a los franceses como Jean Paul Sartre y sus contrarios como André Glucksmann. Por supuesto a los mexicanos como José Revueltas u Octavio Paz etc. y muchos otros de los escritores y poetas de moda en aquellos años. También, constantemente venían conferencistas y estudiantes de otras universidades como intercambio o de visita y traían ideas nuevas, noticias, de todo. ¿Qué queríamos? Era algo muy ambicioso, no solo algo por obtener de inmediato. Queríamos, como decía un compañero muy bromista: “Saber, cómo está el pedo y agregaba, Marx sabe cómo está el pedo”. En donde “el pedo” lo es todo, entender la totalidad de porqué o cómo funcionaba todo, la sociedad, el gobierno, el país, el mundo. Obviamente, era imposible. Pero nos apasionaba intentarlo y esa pasión no se encontraba en ninguna otra parte que no fuera el movimiento.

Y si, ocurrió como se temía, al otro día los periódicos le dieron sus primeras planas a lo sucedido con el presidente: “Revoltosos le gritan al presidente faltándole al respeto”. Otro que decía: “Agitadores insultan al presidente pero este responde con patriotismo” y así por el estilo. Todos los diarios en contra de nosotros y los noticieros de la TV igual o peor. Y si, todos ellos publicaron la foto que temían algunos. Nuestras caras se podían ver nítidamente en ella. Como si las hubieran resaltado con alguna tinta o algún truco técnico. Ahí estábamos todos, Magdalena, yo y mis amigos que veníamos de un pueblo del sur. Los hijos de funcionarios o de familias católicas etc. Todos y nuestros rostros se veían muy clarito, como si estuvieran bajo un lente de aumento.

A mediodía nos reunimos en la universidad, fue una especie de asamblea, aunque no oficial ni nadie la convocó. Sola se fue dando, todos fueron llegando. Los estudiantes fueron contando lo que había provocado la foto en sus familias. Hubo algunas regañadas, pero nada grave. A nadie le prohibieron volver a la universidad ni mucho menos. Solo un “cuídate hijo, no hagas locuras” o “no descuides tus estudios por andar en eso”. O lo más grave y severo de parte de una de las hijas de familias acomodadas: “Si te preguntan tus tías que si eres tú la revoltosa esa de la foto, diles que no es cierto, que es un invento de los periódicos”.

Pero la foto también causó cosas buenas. El padre de uno de nuestros compañeros se fue a uno de los periódicos temprano en la mañana y buscó al director y cuando pasó a su despacho le dijo: “Yo estoy orgulloso de mi hijo y de lo que hace, ya quisiera usted tener un hijo así. No es ningún agitador, es un idealista”, dijo con mucha energía y emoción pero sin gritar y agregó: “debería darle vergüenza andar atacando a los muchachos que luchan por mejorar las cosas”. El director fingió no importarle y usó su cinismo para no contestar, levantarse de su escritorio y salirse del despacho. Pero la temida foto también causó cosas más grandes y un casi milagro. En mi pueblo, donde casi nada se mueve nunca, brotó el movimiento estudiantil y uno de mis mejores amigos de la niñez y de la adolescencia a quien apodaban “el ciego”, porque siempre uso lentes, desde que éramos niños; junto con otro amigo de una familia indígena, encabezaban ese movimiento en el tecnológico local y unas prepas, en contra del dominio de los terratenientes y de los abusos e injusticias de los directivos. Hacía mucho tiempo que en mi pueblo nada se movía, desde las viejas luchas de campesinos de unas décadas antes por lo mismo el pueblo se cimbró, la gente hablaba de eso y discutía en las largas tardes platicando en la banqueta frente a sus casas, casi todos con una simpatía por los jóvenes rebeldes.

Acerca del autor

Benjamín Castro Guzmán

Nació en Cd. Obregón Sonora, México, hace mucho tiempo ya. Estudió en la UNISON, donde fue dirigente del movimiento estudiantil, y economía en la UNAM en la CDMX. Fue parte del Buró Latinoamericano de la Executive Intelligence Review (EIR) en Nueva York y Virginia, en diferentes años, donde se dedicó a procesar información sobre la economía y la vida política y social de algunos países. Participó en la representación de teatro de algunos entremeses de Miguel de Cervantes y ha sido aficionado a la literatura y la música clásica desde su juventud.

Como activista político en el Movimiento Larouchista y en MORENA, le tocó hacer actividad política en Saltillo, Coahuila; una ciudad que, debido al TLCAN-T-MEC, se convirtió en un reservorio de mano de obra barata - la más barata del mundo - y donde la movilidad social se detuvo hace ya décadas, condenando a los jóvenes a una vida lineal y sin esperanzas, lo cual es el móvil de estos 3 cuentos.

Debido a ello y gracias a la lectura de cuentos, novelas y ensayos cortos de autores como Stefan Zweig, Dostoievski, Pushkin, Flaubert, Chekhov, Lord Byron, Perci Shelley, Robert Louis Stevenson, James Joyce y Charles Dickens - de Europa - y de autores latinoamericanos como Julio Ramon Ribeyro, Alejo Carpentier, Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti; y también por releer a viejos conocidos como Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges y Carlos Fuentes; es que ha podido ahora escribir estos cuentos y otros, cosa que antes le parecía imposible, porque comprendió que “la literatura es un vehículo o instrumento que puedes usar cuándo quieres transmitir una idea histórica, filosófica, científica o de cualquier orden, incluso de ciencia económica, que es el caso de estos cuentos; pues como lo explica Edgar Alan Poe en su ‘Filosofía de la Composición’, en la literatura la creación no es un acto de ‘inspiración’ o de ‘frenesí intuitivo’, sino uno muy racional donde se parte de una idea y vas inventando cosas para transmitirla y hacerla llegar al corazón y el alma de la gente, cosa que de otra forma no sería posible porque cada idea tiene, más allá de su expresión verbal o escrita, una dimensión emocional, moral y existencial.