PESO PLUMA

... lo bueno en lo malo

- ¿Y qué pasó? ¿Te sirvió el camioncito que te di? - le pregunté. No me contestó, solo lanzó su mirada esquiva hacia su compañero, un joven un poco mayor que él, indicándome así y sin decirlo, que a él sí le sirvió ese camioncito porque él ya tiene hijos y él no. A él, el compañero, si le sirvió el camioncito que era de mis nietos que ya crecieron y lo dejaron en buen estado. Eso me dio gusto. Y es que, hay que decirlo, se siente bonito cuando ayudas a alguien con algo que le sirve. Lo que se siente no se puede ni explicar, pero se siente. Más o menos igual a como cuando consigues algo que te gusta mucho.

Él, el muchacho al que le pregunte, es el “Peso Pluma”. Así le digo yo desde una vez que, al darle unas monedas como propina al pasar por mi casa para recoger la basura, le dije: “Oye, te pareces al Peso Pluma, el cantante” y me contestó orgulloso: “Eso dicen, padre, gracias”. Peso Pluma es un cantante que no canta, solo grita, como que cuenta cuentos o corridos de malitos y cosas así y de repente se hizo muy famoso porque las plataformas de internet y todas las redes sociales lo promovieron y lo subieron y ahora está “a mero arriba” y es muy famoso y millonario. Lo promovieron como si fuera un nuevo celular o una nueva marca de tenis. Dicen que también los carteles de los “malitos” - como le dicen por acá a los narcos - le metieron dinero porque en sus canciones propone que la gente fume marihuana y se meta drogas y les hace mucha clientela.

Este muchacho, el que recoge la basura, pasa por mi casa tres veces por semana, en el camión de una empresa muy grande y son un equipo de tres. Dos que recogen y el chofer que maneja el camión y suena la campana para avisar a los vecinos de la colonia que ya se están acercando. Deben de recorrer varias colonias y le dan el servicio a cientos de familias. Son muy jóvenes pues para correr varias horas sin descanso se requiere mucha energía y alguien de más de treinta no aguanta. Por eso cuando pasa Peso Pluma, tiene esa mirada esquiva. Tiene que mirar y ver las monedas que le doy y al mismo tiempo cuidar que el camión no se aleje y lo dejé atrás y también ubicar bien las bolsas de basura para no dejar ninguna, quizá porque sus jefes pueden sancionarlos si los vecinos se quejan. “Es una chinga la que les ponen a esos muchachos”, me dijo una vez el vecino de mi cuadra que también los ayuda. No todos los vecinos ayudan a los muchachos que recogen la basura. Algunos son indiferentes a su presencia, a su recorrido y a la campana. “Hay los traen de día y de noche”, agregó mi vecino, “les pagan según los kilos que junten de basura. No ven a sus familias más que un ratito y de seguro sus mujeres no han de estar muy contentas con que el marido llegue ya bien tarde y todo madreado”, me explicó el vecino también.

“Antes no era así”, continuó tratando de explicarse: “El camión antes era del municipio. Ellos empezaban a las ocho de la mañana y recorrían algunas colonias que les tocaban siempre. Terminaban a más tardar a las cinco de la tarde. Tenían buen sueldo y era fijo y algunas prestaciones como comprar casa o becas para sus hijos. Yo los veía pasar contentos, tratando de terminar su chamba lo más temprano que se pudiera. La gente también les ayudábamos y les teníamos confianza, como si fueran del barrio. Ahora ya no. La gente se volvió muy arisca y a estos jovencitos solo los mira de lejos. Yo no. Yo hasta platico con ellos porque se detienen siempre frente a mi casa unos 5 minutos como que sacan cuentas de cómo van y cuánto les falta y como andan de tiempo y ahí les hago platica”, abundó mi vecino.

Una vez Peso Pluma no pasó en toda una semana. - ¿Qué pasó con el Peso Pluma? -, le pregunté a su compañero y me contestó preguntando: “¿El chuy?” (ahí me enteré de que Peso Pluma se llama Jesús), “es un huevón, se rajó”, agregó el compañero en un tono duro y muy seco, como si Jesús hubiera desertado y abandonado una misión y hubiese claudicado, o no hubiese resistido lo suficiente. Pero no fue así. A la siguiente semana Peso Pluma volvió a pasar como siempre. Yo le entregué unas monedas y le dije: “Regresaste ¿no?”. “Sí padre, gracias al buen Dios”, me respondió. Todos ellos nos dicen “padre” o “madre” a la gente mayor. Es como una forma de mostrar respeto y agradecimiento y algo de afecto al mismo tiempo, debido a tu edad. Probablemente estuvo enfermo Jesús y por eso falto algunas veces. Se veía más delgado, más demacrado, casi en huesos. Pero mantenía su peinado de Peso Pluma, con un corte que parece que le dieron un navajazo arriba de las orejas y un tupé en la frente, como el que usaban los Beatles hace muchos años, pero con la cara despejada para hacer notar sus pecas parecidas a las del cantante. Su uniforme de la compañía, una de desechos industriales, le quedaba más holgado, como que su chaleco volaba a cada movimiento.

Cuando pasan los recogedores de basura en su camión yo me quedo viéndolos desde el frente de mi departamento en el segundo piso. Los voy siguiendo con la vista. Veo como pasan por las calles que rodean el parque frente a mi casa, debajo de grandes árboles algunos de ellos robles plateados que son hermosos. También hay unas casas antiguas muy bonitas, de esas que se hicieron hace décadas y eran con jardín, paredes gruesas y grandes ventanales. También hay un lugar donde se hacen fiestas y juegan lotería las señoras de clase media y está hecho de cantera rosada. Los jóvenes del camión de la basura pasan por debajo de ese hueco entre árboles que es mi calle, pero no ven nada de eso y no pueden disfrutarlo. Pasan mirando solo al camión y las orillas de la calle donde la gente deja la basura y solo voltean a mirar al que les habla o les ofrece algo.

La casa donde vive Jesús está a tres cuadras hacia arriba de un cerro desde la avenida donde lo deja el camión de la compañía, después de que termina su jornada diaria. Es una avenida grande en las orillas de la ciudad y en sus banquetas hay muchos puestos de comida, fritangas y ropa. Es como un tianguis, solo que abren todos los días y no solo los domingos. De lo que recibe de propinas compra algo para llevar a su abuela y a su madre. Pueden ser unos tacos, pan de dulce, unas glorias o empanadas, unos churros cuando es invierno, los vasos de elotes con crema o algún regalito. Ahora está llegando más tarde a esa avenida. A veces hasta casi las once de la noche lo dejan ahí. Es que la compañía le asignó a su grupo más manzanas y calles en las colonias que recorren. Aunque les lleva más tiempo hacer más trabajo, lo aceptan porque reciben un poco más de sueldo y unas poquitas más de propinas.

Cuando sube las tres cuadras siempre están por ahí los malitos del barrio en pandilla. Son amistosos con él. Siempre le ofrecen el “chemo” o la “mona” con pegamento o tinner o el toquecito de mota. “No puedo, gracias. Tengo que jalar temprano mañana”, les contesta. Ellos respetan eso, porque son testigos de que a diario sale muy temprano de su casa y regresa tarde. Esa rutina o disciplina los conmueve. “Se pone una chinga el Chuy” –dicen–. Es como si su uniforme de trabajo, el de la compañía, lo protegiera. Como si fuera una armadura de esas de los caballeros medievales, o las que sacan en las caricaturas japonesas, aunque sin la cruz y sin una espada luminosa. No es que les inspire miedo, ellos son muchos y andan armados con navajas o pistolas para los enfrentamientos que tienen con otras pandillas de las colonias vecinas o con la policía. No les inspira miedo su uniforme, pero sí algo como respeto. Una vez alguno de ellos le dijo: “Aquí traigo unas pastas Chuy, llévatelas a la chamba, vas a jalar mejor” ofreciéndole unas metanfetaminas y soltando una carcajada. Jesús contestó como pudo echando una mentirilla que se le ocurrió casi sin pensarlo: “En el jale nos checa un médico, si llego acelerado y se me nota me corren”. En la compañía no hay ningún médico, pero si hay un “inspector”, así le dicen todos, porque los vigila, averigua cuáles son amigos o parientes, les pregunta si tienen pareja o cuánto pagan de renta en su casa y en qué colonia viven; cuántos hijos tienen y de qué edad, qué música les gusta, cómo se visten. Cosas así. Además, los tiene clasificados entre los que apoyan a un equipo de fútbol y los que apoyan a otro de los dos que hay en esta ciudad. Siempre hace bromas sobre eso para provocar que peleen los de los dos bandos, aunque sea en broma. Los malitos del barrio no le insistieron esa vez, se podría decir que le tienen no sólo respeto sino también quizá algo de cariño amiguero. Por eso siempre le dicen: “Ta bien mi Chuy, pa la otra, cuando puedas"

Cuando Jesús llega temprano a su casa casi siempre lo espera ahí su novia Vicky. En realidad, se llama Victoria, pero así le dicen en el barrio, igual que a las cervezas con ese nombre que les dicen “Vickys”. Ella es bonita y sus papás son los dueños de la tienda del barrio y hasta tienen un carro y una casa grande enrejada con protección y alarma. Ella ya conquistó a su abuela y a su madre y las tiene de su lado porque las visita y a veces les lleva algo de comida o algún pastelito y cosas así. “Esa niña te quiere bien”, le dicen a Jesús las dos. Y es que el padre de Vicky también respeta a Jesús. “Es el único que trabaja entre toda la bola de huevones de la colonia” le dice a Vicky. Ella sueña con que un día se casen y vivan juntos y Jesús se venga a trabajar a la tienda, a ayudarle a su papá en vez de ir a recoger basura. Su madre y su abuela nunca le dicen “Chuy” y se enojan si alguien le llama así. “Usted se llama Jesús, porque así le pusimos en el bautismo. Es el nombre de nuestro señor todo poderoso, para que lo proteja, no deje que le digan Chuy”, le dicen. Chuy ajeno a todo eso, siempre se pregunta porque la Vicky anda con él habiendo otros muchachos en el barrio que se la dan de galanes y tienen más dinero y no tienen que trabajar y van a la escuela. Piensa que ella lo quiere, “porque soy güero, porque me parezco a Peso Pluma”. Pero no es así. Parece más bien que Jesús es visto en todo el barrio igual que como lo ven los muchachos de la pandilla. Quizá como alguien que trabaja mucho y lo hace, no tanto para él sino para ayudar a su madre y a su abuela, ya que no tuvo padre o si lo tuvo o lo tiene ni lo conoce. Es muy extraño, pero sea como sea, la gente lo ve como si fuera no un santo, pero al menos alguien más bueno que todos ellos, como el Alyosha de la historia rusa de los Karamazov, aunque él ni siquiera va a la iglesia y menos ha leído la biblia o algo así.

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Por Benjamín Castro Guzmán

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